Llamando al jefe del poder judicial para lamentar una decisión del jefe del poder ejecutivo, Felipe VI ha franqueado la línea que separa la actuación de una monarca que reina pero no gobierna de la de un rey que no reina, pero gobierna. Permitiendo que se sepa que ha tomado partido contra una decisión del gobierno español, ha cometido un acto impropio de quien se presentó como modelo de observancia de la Constitución el día de su proclamación. Felipe VI respira el humo del incienso de los adoradores del discurso del 3 de Octubre y ahora, necesidad de apoyos para salvar la posición en que la ha puesto su padre -el rey emérito enriquecido y apartado en el extranjero-, ha adoptado el papel de víctima de un gobierno de izquierdas que no le deja ir a Barcelona. Los jueces acabaron gritando “Viva el rey!” Cataluña ha vuelto a servir para ocultar la corrupción, la pandemia y la crisis.